Hoy vamos a hablar de un tema maravilloso: el slow life o movimiento lento, una forma de ver y de vivir la vida que, según los que la practican, es la auténtica fórmula de la felicidad. ¿A que suena bien? Nosotros creemos que sí  así que, adelante, sigue leyendo este artículo pero ya sabes: despacito…

 

Los antecedentes del slow life: el slow food

Para encontrar los antecedentes del slow life tenemos que remontarnos a los años 80 del siglo pasado en un país vecino al nuestro: Italia. En 1986 un grupo de amantes de la gastronomía liderados por Carlo Petrini se pusieron en pie de guerra ante la aparición del primer restaurante de comida rápida o fast food en pleno corazón de la capital italiana. Estos indignados amantes de la pasta y la salsa de tomate casera hecha a fuego lento plantaron el germen de la inconformidad por el estilo de vida “fast” que estaba arrasando en todo el mundo y que, según ellos, estaba alterando gravemente la vida pausada, sencilla y saludable de los europeos, un estilo de vida basada en la agricultura ecológica, el respeto por la biodiversidad, la apuesta por el turismo responsable, la elección de la gastronomía de proximidad, etc.

La solución que los italianos plantearon ante el desenfreno por lo “fast” fue un movimiento bautizado como slow food o comida lenta, una corriente de pensamiento vital que pretendía luchar contra la comida rápida, pero también contra una forma de vivir acelerada y destructiva.

La filosofía de vida del slow food y su preocupación por los numerosos males físicos y emocionales que estaba ocasionando el rápido y competitivo estilo de vida del siglo XX no hizo más que incrementarse con el cambio de siglo y, por supuesto, con la irrupción y popularización de esa tecnología que apuesta por la inmediatez y que no podemos negar que ha alterado nuestra forma de ver la vida: Internet y las redes sociales que recorren veloces esa autopista de la información.

A los millones de datos que empezaron a cruzarse y multiplicarse se unió, cómo no, la profunda crisis económica mundial de la que ahora empezamos a salir, una crisis que derribó cualquier instinto de lentitud y que exigía de todos y cada uno de nosotros una rápida reinvención profesional y una lucha a muerte para aumentar nuestra productividad a costa del único bien que todos tenemos: nuestro tiempo.

La sociedad había caído profundamente en las redes de la velocidad, la inmediatez, el consumo de usar y tirar… Todos nosotros habíamos caído en un ritmo de vida acelerado del que había que salir. ¿La respuesta?: el movimiento slow life.

 

¿Qué es exactamente el slow life?

A pesar de estar más de moda que nunca, algunas personas todavía no saben muy bien qué es el slow life y en qué consiste exactamente. Vamos a intentar aclararlo.

El término slow life fue acuñado en el 2008 por el periodista y escritor Carl Honoré en su bestseller internacional In Praise of SlownessElogio de la Lentitud en castellano-.

En su obra Honoré se plantea y plantea al lector ciertas preguntas clave que normalmente nos hacemos todos cuando se terminan esas vacaciones perfectas que estamos disfrutando en un buen resort, ese maravilloso fin de semana en familia o esa estupenda escapada en busca de buena mesa y mejor compañía: ¿por qué corremos tanto? ¿Dónde queremos llegar tan rápidamente? ¿Qué es lo que nos estamos perdiendo por culpa de la velocidad de nuestras vidas? ¿Qué daños físicos y mentales estamos causándonos a nosotros mismos por culpa del reloj?

Honoré también plantea al lector otras cuestiones vitales que han pasado a formar parte de nuestra realidad cotidiana: el amor por la velocidad extrema en todos y cada uno de los planos de nuestra vida, en el ámbito laboral por supuesto, pero también en las parcelas de la amistad, la familia, el transporte, las vacaciones, el tiempo libre… El reloj se ha convertido en el tirano de nuestra sociedad tecnológicamente conectada minuto tras minuto, un reloj que no solo nos ha convertido en adictos a lo inmediato, sino en seres incapaces de desconectar, relajarnos y disfrutar del bien más valioso de nuestras vidas: el tiempo.

 

Slow life… para toda la familia

Tanto Carl Honoré como los múltiples adeptos al movimiento slow life insisten en que el problema de la velocidad vital está afectando a todos y cada uno de los miembros de la familia. Adultos, ancianos y niños se ven inmersos en esa ruta a ninguna parte, una carrera rápida que si es dañina para los mayores, aún lo es más para los pequeños de la casa.

Según el slow life, es preciso que desaceleremos nuestro ritmo de vida y la de nuestros hijos, sobrinos y nietos desde su más tierna infancia. Tenemos que pensar, por ejemplo, en por qué es tan importante que los niños sobrecarguen su agenda de actividades extraescolares o por qué no podemos dedicar un fin de semana o unas vacaciones a, simplemente, abrazar a los árboles o practicar ejercicios de relajación en plena naturaleza.

 

Consejos para empezar a practicar el slow life

Tanto Carl como otros autores y defensores del movimiento lento insisten en señalar que el slow life es una forma de entender nuestra realidad; una corriente ideológica y práctica que consiste en ralentizar o desacelerar el rápido ritmo de vida en el que casi todos estamos inmersos hoy por hoy.

¿Qué pautas o consejos concretos podemos seguir para unirnos a este movimiento lento?:

  • Apostar por la producción gastronómica local y de proximidad.
  • Volver a disfrutar del encanto de la naturaleza rodeados de nuestros seres queridos.
  • Entender que nuestro paso por el mundo es momentáneo, pero que la huella que deja nuestro comportamiento incívico en la flora y la fauna puede ser eterna.
  • Enseñar a nuestros hijos a disfrutar de las pequeñas maravillas de la vida: el agua, la nieve, el campo, el tiempo de juego, la compañía de nuestras queridas mascotas

 

¿Se te ocurren más consejos para empezar a practicar el slow life? ¡Compártelos con el resto de lectores de nuestro blog!